La historia del yoyó

Hay juegos que no pasan de moda y que, generación tras generación, entretienen a niños y no tan niños. Es el caso del yoyó, juguete aparentemente sencillo, que se compone de dos discos que pueden ser de madera, plástico o metal —como los más modernos fabricados en aluminio—, unidos en su parte central por un eje al que se enrolla una cuerda, que es la que permite “bailar” el yoyó, amarrando su extremo en un dedo y moviéndolo con enérgicas sacudidas de todo tipo.

Si bien parece sencillo a primera vista, lo cierto es que hay verdaderos expertos en la materia que, tras intensos entrenamientos, son capaces de realizar alucinantes trucos y magníficas acrobacias.

Y si no mira las cosas tan impresionantes que son capaces de hacer estos jóvenes campeones cuya habilidad con el yoyó es fruto de horas de esfuerzo y dedicación.

 

¿De dónde viene el yoyó y cuál es su origen?

 

La historia del yoyó comienza, según dicen, en la Grecia clásica, allá por el año 500 a.C. Los niños ya jugaban con estos discos —o diskos como se denominaban entonces— que se fabricaban en materiales como madera, metal o terracota pintados a mano. Se han hallado restos arqueológicos de esa época que evidencian su existencia, concretamente unas cerámicas pintadas que representan una escena en la que un joven juega con su yoyó. Es difícil pensar que realmente utilizasen yoyós de terracota para jugar, puesto que es un material frágil que al más mínimo golpe podría resquebrajarse, así que se cree que los fabricados en terracota se ofrecían a los dioses cuando los niños pasaban de la infancia a la adolescencia, como símbolo de madurez.

Asimismo, hay también algunas pinturas del antiguo Egipto que muestran juegos similares, lo cual hace pensar que también existieron en aquella civilización.

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Algunas corrientes aseguran que su origen se encuentra en China, durante la época de la dinastía Ming, en la que se fabricaban en marfil y el cordón era de seda.

Sea como fuere, estamos hablando sin duda, de uno de los juguetes más antiguos de la historia de la humanidad y cuyo uso se ha extendido por todo el mundo.

Sin embargo no en todas las civilizaciones era usado como juguete; los filipinos del siglo XVI utilizaban el yoyó como un arma para cazar. El material de fabricación solía ser madera o incluso piedra, de modo que cuando lo lanzaban sobre su presa enrollaban el cordón en las patas del animal, derribándolo y dejándolo inmovilizado. Otra modalidad de caza con yoyó era trepar a un árbol y, desde arriba con una cuerda muy larga, lanzar el yoyó de piedra para golpear enérgicamente al animal hasta dejarlo fuera de combate. De hecho, su uso fue tan extendido que se cree que el origen de la palabra yoyó proviene de la lengua filipina tagalo y significa “viene-viene”.

Una pintura del año 1789 retrata al rey Luis XVII con solamente 4 años de edad con un yoyó en la mano. En la Francia de esa época los yoyós se conocían con el nombre de l’emigrette o “emigrante” ya que estaba teniendo lugar la Revolución Francesa y muchos nobles de la época tenían que abandonar el país para salvar sus vidas, y era muy típico que los niños marchasen con su yoyó como único juguete ya que era pequeño, pesaba poco y era sencillo de transportar.

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Además, al yoyó se le han dado otros usos además del juego y la caza: hay dibujos del siglo XVIII en los que se pueden apreciar a soldados de la época utilizando el yoyó como método para apaciguar el estrés de la guerra. Se dice que el mismísimo emperador Napoleón Bonaparte y su ejército lo utilizaban entre batalla y batalla para relajarse y aliviar la tensión.

No es hasta el año 1928 cuando nace el yoyó que conocemos hoy. Un empresario filipino-estadounidense llamado Pedro Flores montó una fábrica de yoyós en Santa Bárbara, en la que se fabricaban miles de estos juguetes al día, tuvo tanto éxito, que pasado un año abrió otras dos fábricas más. Unos años más tarde Donald Duncan se haría con el negocio y en 1935 registraría la marca “yoyó”. En la década de 1960, un juez sentenció que la denominación “yoyó” era extremadamente genérica y que podría ser utilizada por cualquier marca para su explotación comercial.

En 1985 este juguete mundialmente famoso llegó incluso a viajar al espacio en el transbordador Discovery.

Durante el pasado siglo, adquirieron tantísima popularidad que hubo marcas que incluso los fabricaron ¡chapados en oro!

Hoy en día, es común ver a chicos y chicas jugar con sus yoyós en parques o en el recreo. Y son habituales los concursos o competiciones para demostrar la destreza en el arte del yoyó. En este tipo de torneos, los japoneses suelen ser los más habilidosos.

¿Te animas a probar? ¿Quién dice que con estos tutoriales no puedas convertirte en un auténtico genio del yoyó?

 

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